Verano, festivales, ferias y atracciones.
“La sociedad de consumo tiene como misión, proveer de placeres sin tregua, y como destino, la diversión hasta morir.”
El verano es tiempo de festivales, de ferias, de fiestas de pueblo, de baile, norias y orquestas. Y ha sido precisamente en este verano al que ha precedido un proyecto de investigación que me ha llevado a sumergirme en el mundo de la música y el entretenimiento, cuando he rescatado de mi biblioteca uno de esos libros pendientes de ser leídos y que aguardan, arropados por otros, a que llegue el momento de abrirlos y disfrutarlos en su totalidad.
“Ferias y Atracciones” es una obra del escritor Juan Eduardo Cirlot publicada en 1950. Lo compré principalmente por una frase en su contraportada que dice:
“ ¿Y no es esa la razón última por la que la gente va a la feria? La atracción del vacío y el intento de llenar ese abismo que es el mundo.”
Eduardo Cirlot fotografiado por Catalá Roca / Fuente: ABC
Uno de los temas que estoy abordando en la investigación son los festivales. En una investigación sobre el presente de la música este tema no podía faltar. Hay más de mil festivales en nuestro país y las razones por las que este fenómeno se ha producido son varias y diversas: el clima es favorable, tenemos una una economía que se sustenta en gran parte por el turismo y los festivales son “contenido” que construye territorios, además nuestro carácter es alegre, nos gusta disfrutar y hacerlo al aire libre, en la calle… a todo esto, también se le suman cuestiones más propias de la industria, como por ejemplo, que los músicos obtienen más ingresos por los directos que por las escuchas de sus canciones en las plataformas digitales. Estos son sólo algunos de los disparadores que han convertido a España en el oasis mundial de los festivales.
Pero más allá del análisis del fenómeno como tal, mi búsqueda, mis preguntas, surgen alrededor de las consecuencias sociales y culturales que se desencadenan de esta afición festivalera que aunque no es nueva, si está en su punto más álgido. A pesar del incremento del precio de las entradas, a pesar de las colas, de la saturación, incluso de la cancelación de algunos de ellos, el modelo de negocio para unos y de consumo para otros, funciona para ambos.
En el texto “Un largo verano de festivales. Categorías de experiencia y culturas productivas en la industria musical española” el Dr. Héctor Fouce, Profesor del Departamento de Periodismo III de la Universidad Complutense de Madrid, escribe:
““Como dice Portela (2008), el nuevo modelo de festival se erige como un parque de atracciones para toda la familia. Se convierte en un escaparate perfecto para las marcas (telefonía, videojuegos, moda…) en el que la música juega un discreto papel. Se trata de crear un espacio de circulación, diferenciado del cotidiano, pero igual de acotado por el consumo, en el que vivir experiencias valorizables.””
P-A-R-Q-U-E D-E A-T-R-A-C-C-I-O-N-E-S. ¡Booooom! Recordé ese libro que estaba esperando en las estanterías de mi salón: Ferias y Atracciones. Había llegado su momento.
La edición que tengo en mis manos en este momento es del año 2023, de la editorial Wunderkammer, y forma parte de una cuidada y hermosa colección de Hermanos Berenguer. El prólogo, titulado “Un lugar infernal” está escrito por Enrique Granell y su lectura es ya de por sí una anticipación deliciosa del texto de Cirlot que califica como “una embarcación que con su ir y venir nos abre horizontes desconocidos”.
En su texto, Granell transita por las atracciones y demás elementos que componen el escenario multidimensional descrito por Cirlot y lo hace entrelazando alusiones a las vanguardias de principios del s.XX y haciendo múltiples referencias a obras pictóricas, fotografías, cartelería de la época, obras musicales y a textos de Pablo Neruda, T.S. Eliot, Herman Hesse, entre otros. Una lectura introductoria que recomiendo no obviar en la que merece la pena detenerse a saborear cada párrafo.
“En la vecindad del Parque de Atracciones se sienten bien, no saben exactamente por qué, ni les importa. ”
Esta frase, que forma parte del capítulo preliminar escrito ya por Cirlot, la subrayé con mi lápiz, pues a pesar de haber sido escrita en 1950, me transportó al presente. Me pareció que definía perfectamente a una sociedad atrapada en una tela de araña llamada entretenimiento que no quiere, ni es capaz de cuestionar cuál es su sentido del tiempo.
Cirlot se pasea, cual flâneur, por cada una de las atracciones de una feria que no se sitúa en ningún lugar concreto, pero que reside en la memoria de la infancia de muchos de nosotros.
Su relato se mantiene a una distancia reflexiva de la multitud, similar a la del pintor que, instalado en la calle, observa a las personas y los detalles que las rodean para plasmarlos en su lienzo. El autor se adentra con una mirada cautivadora y también crítica en esos espacios de esparcimiento, diversión y de aislamiento de la realidad que son las ferias y toda la compleja amalgama de experiencias y sensaciones que nos ofrecen. Y aunque no habla de festivales, hay muchos aprendizajes que destilar sobre el uso que hacemos de estos espacios de hedonismo que nos alejan de nuestra cotidianeidad.
“...Aún cuando casi nunca se hayan preocupado por averiguar qué hay en la raíz de ese mundo dentro de otro mundo, dotado de propia autonomía, vuelven y vuelven a sus atracciones predilectas: han bebido lo que ellas tienen de licor.”
En su texto “El valor del ocio en la sociedad actual”, las investigadoras Idurre Lazcano y Aurora Madariaga del Instituto de Estudios de Ocio de la Universidad de Deusto, citan al sociólogo francés Roger Sue: "Las condiciones del trabajo moderno y la configuración de las ciudades han generado un empobrecimiento de la comunicación interpersonal y un aislamiento que sólo parece encontrar su contrapunto en las nuevas oportunidades y experiencias de ocio."
Según estas palabras podríamos deducir que nuestro frenesí festivalero es derivado de un anhelo de desconexión de una realidad que nos abruma y a la vez, de una necesidad de estar junto a otros que no podemos obviar. Podríamos definir entonces a los festivales como un bálsamo para nuestra existencia.
“ Acaso somos injustos con él y es una persona sediento de comunicación y de colectividad (...) Porque el aspecto principal de su soledad es que, además de obligarle a tocar cada uno de los instrumentos, le permite ser su propio empresario.”
“El Hombre Orquesta” es una atracción que en Ferias y Atracciones se describe con la misma agudeza crítica con la que se aborda el resto del universo ferial, y en este caso hace referencia a un ser humano al que, forzado por las circunstancias, no le ha quedado más remedio que aprender a tocar, lo mejor o peor que ha podido, cada uno de los instrumentos que carga sobre sus hombros para sobrevivir.
Mis pensamientos vuelan de nuevo al presente. y al hacerlo, conectan con la imagen del festival contemporáneo donde se congregan las luces parpadeantes, el ritmo de la música y nuestros cuerpos danzando al unísono atrapados por la fragancia de un verano que por unos instantes parece eterno. Pero a medida que avanzo en mi lectura del texto de Cirlot, se va perfilando un pregunta: ¿qué es lo que realmente buscamos en estos espacios de ocio compartido?
La promesa de evasión y comunión de los festivales parece responder a un anhelo profundo de alejarnos de la rutina y en este sentido, son estas propuestas de ocio las que se erigen como los templos de nuestra época, donde la música es la religión y el hilo conductor de una experiencia colectiva, pero también individual, que nos aleja del dolor de una realidad que nos cuenta que el futuro no existe.
“Nos atreveríamos a distinguir a los humanos según se hallen en posición de indiferencia, seguridad, o angustia ante el futuro (...) Hay una relación entre ese deseo de aniquilar el tiempo, que hemos señalado como la búsqueda inconsciente de la diversión de las ferias…”
La experiencia estética de irrealidad y el carácter efímero de las ferias se mencionan en el libro, y son estos rasgos, que también son compartidos por los festivales, los que los convierten en un refugio temporal que nos ofrece la posibilidad de perdernos (y de encontrarnos) al ritmo de nuestras emociones. Sin embargo, esa temporalidad, deja tras de sí, una sensación de vacío similar a a la que intentamos llenar al ingresar en esos espacios. Vacío que buscamos llenar asistiendo al siguiente evento o viendo el capítulo siguiente. Y en eso se basa principalmente la economía de la experiencia, en justamente, lo contrario de lo que promete.
“...porque debe ser muy triste animarse solo a raros intervalos, cuando la voluntad de la electricidad y unas monedas lo requiere.”
Los festivales son las ferias del presente, el fiel reflejo de nuestra búsqueda desesperada por reconectar con algo que hemos perdido. Asistimos a un festival tras otro, consumimos contenidos como nunca antes, pero nada de esto nos devolverá lo que nuestro sentido del tiempo, puramente económico´y acelerado, nos está arrebatando.
El verano nos brinda una oportunidad, el espacio y el sosiego que necesitamos para hacernos preguntas nuevas, para pasearnos por nuestra motivaciones y cuestionarnos “por qué” hacemos esto u esto otro, igual que hace Cirlot analizando cada una de las atracciones de la feria y a sus paseantes.
Quizás, nos demos cuenta que aquello que buscamos no es sólo “diversión hasta morir”, sino algo más profundo y que perseguimos sin tregua a través del ruido.
Ferias, atracciones y festivales son necesarios, todos tienen su valor y cumplen una función en la sociedad. Simplemente he creído necesario señalar con este artículo, que precisamente hay una oportunidad en conocer lo que buscan (aún de forma inconsciente) aquellos que asisten, una y otra vez, a entregarse a esos “mundos, dentro de otro mundo”.
Quizás seamos capaces de diseñar y ofrecerles un espacio que no sólo sea una vía de escape de la realidad, sino también de entenderla, confrontarla y transformala en algo que realmente nos conecte con lo mas esencial de nuestra existencia.